EDITORIAL: NO ALCANZAN LOS DISCURSOS

La renuncia de Manuel Adorni no puede ser presentada como un hecho aislado ni como una simple decisión personal. Es un golpe político que expone las contradicciones de un gobierno que llegó prometiendo una revolución moral, una política diferente y una transparencia absoluta.

Durante meses, el oficialismo se dedicó a señalar con dureza a quienes gobernaron antes. Habló de corrupción, de privilegios y de la necesidad de terminar con la «casta». Ese fue el discurso que convenció a millones de argentinos. Pero cuando las sospechas alcanzan a dirigentes propios, la reacción parece ser muy distinta: silencio, explicaciones tardías y una estrategia para minimizar el impacto.

No se trata de dictar una condena antes de que actúe la Justicia. Ese no es el papel del periodismo ni de la ciudadanía. Pero sí corresponde exigir responsabilidad política. Quien ocupa un cargo público debe estar dispuesto a responder por sus actos y el Gobierno tiene la obligación de explicar lo que ocurre sin esconderse detrás de consignas o campañas en las redes sociales.

La política no puede vivir de relatos permanentes. Mientras los argentinos hacen un enorme esfuerzo para llegar a fin de mes, pagan tarifas más altas, soportan el ajuste y esperan una recuperación económica que todavía no llega para muchos hogares, el Gobierno vuelve a quedar atrapado en una crisis que desvía la atención de los problemas reales.

La credibilidad no se sostiene con conferencias de prensa, con publicaciones en redes sociales ni con ataques a quienes preguntan. Se sostiene con hechos, con transparencia y con la capacidad de asumir responsabilidades cuando las cosas salen mal.

El presidente Javier Milei construyó buena parte de su liderazgo asegurando que su espacio era distinto, que venía a terminar con las viejas prácticas de la política argentina. Esa promesa hoy enfrenta una prueba decisiva. Porque la verdadera diferencia no se demuestra cuando todo marcha bien; se demuestra cuando aparecen los problemas dentro de la propia casa.

La sociedad argentina está cansada de escuchar que los errores siempre son culpa de otros. Cansada de la confrontación permanente, de la descalificación y de la idea de que quien piensa distinto es un enemigo. Gobernar exige mucho más que denunciar el pasado. Exige dar respuestas en el presente.

Si esta renuncia confirma que existieron fallas políticas o de control dentro del oficialismo, el Gobierno deberá asumir el costo que le corresponde. No alcanza con cambiar nombres. No alcanza con reemplazar funcionarios. Lo que está en juego es la confianza de una sociedad que votó con la esperanza de ver un cambio profundo.

Porque la vara con la que este Gobierno juzgó a los demás es exactamente la misma con la que hoy será juzgado. Y en democracia, la coherencia no es un mérito: es una obligación.

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