El último pedido por “El Polaco”: cuando el amor por los animales trasciende la vida

31-08-2026

La muerte de Eduardo “El Polaco” Groh Riemersma dejó una profunda huella entre quienes lo conocieron y, especialmente, entre aquellos que compartieron con él su incansable tarea de proteger a los animales. Tras el accidente de tránsito que terminó con su vida, sus restos fueron trasladados a Banderas, la ciudad donde vivía y donde finalmente recibió su última morada.

Pero su partida no terminó con las preguntas, los recuerdos y el dolor de quienes estuvieron cerca de él. En los últimos días comenzó a tomar fuerza un pedido de sus allegados y de personas vinculadas al proteccionismo animal: que los restos de “El Polaco” puedan regresar a Narnia, el refugio de los Canichones, el lugar que durante tantos años fue parte fundamental de su vida.

Hay historias que conmueven por lo que significan para quienes las cuentan. En medio de la convocatoria para encender una vela por la luz de su alma, comenzó a circular también la imagen de una bolsa en la que algunas personas aseguran distinguir el rostro de “El Polaco”. También se difundieron relatos sobre perros que habrían reaccionado ante el paso del vehículo que trasladaba sus restos. Entre ellos, el caso de un perro que, según quienes estuvieron presentes, después de un tiempo logró caminar, y otros animales que acompañaron el paso del automóvil.

No podemos afirmar como hechos aquello que pertenece a la interpretación, a la fe o a las emociones de quienes vivieron esos momentos. Pero tampoco podemos ignorar lo que esas historias representan: el enorme vínculo que “El Polaco” construyó con sus animales.

Quizás la imagen más dolorosa sea la de esos perros que permanecen cerca de la entrada de Narnia esperando. Esperando verlo llegar. Esperando que vuelva. Porque ellos no comprenden la muerte como la comprendemos los seres humanos. No saben que aquel hombre que los alimentaba, los cuidaba y los protegía ya no regresará de la misma manera.

Según relató, a la hora del accidente los trabajadores del lugar no entendían qué estaba pasando cuando todos los perros fueron hacia el portón de entrada y comenzaron a llorar juntos.

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Y ahí aparece el verdadero sentido del pedido.

Quienes hoy solicitan que sus restos regresen al refugio sostienen que allí debería descansar quien dedicó gran parte de su vida a sus “cuatro patitas”. No piden solamente un lugar para enterrarlo. Piden, desde el amor y el dolor, que su última morada sea precisamente el sitio donde dejó una parte de su vida.

¿Puede un animal extrañar? ¿Puede reconocer una ausencia? ¿Puede esperar a alguien que ya no volverá? Son preguntas difíciles de responder y que seguramente seguirán generando debate. Pero quienes conviven con animales saben que existe entre ellos y las personas un vínculo que muchas veces no necesita palabras.

Tal vez por eso sus allegados sienten que “El Polaco” todavía está de alguna manera en Narnia. Tal vez por eso creen que sus animales perciben su ausencia y que su recuerdo permanece entre ellos.

Desde estas páginas creemos que, más allá de cualquier interpretación espiritual, hay algo que nadie puede discutir: Eduardo “El Polaco” Groh Riemersma dejó una historia de amor y protección hacia los animales que merece ser respetada.

Su muerte cerró una vida, pero no necesariamente el legado que construyó.

Ahora existe un pedido concreto: que sus restos puedan regresar al refugio de los Canichones y que sea Narnia el lugar donde finalmente descanse quien convirtió a esos animales en una parte esencial de su existencia.

Quizás el mejor homenaje no sea solamente una vela encendida, una marcha o una fotografía. Quizás sea seguir cuidando a aquellos que él protegió.

Porque mientras haya un animal esperando en la puerta de Narnia, mientras haya alguien dispuesto a alimentarlo, curarlo y darle amor, una parte del legado de “El Polaco” seguirá viva.

Y quizá, para quienes creen en algo más allá de esta vida, ese sea precisamente el lugar donde su alma encuentre finalmente la paz.

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