Fernández: Promesas de participación en una política que rara vez cede el poder

POR ALIDA MERENDA

En la ciudad de Fernández, una nueva oportunidad de “cambio” volvió a ponerse sobre la mesa. Esta vez, de la mano del concejal Carlos “Carlitos” Silva, quien en una reciente reunión propuso un modelo de gestión donde los vecinos tendrían un rol central en la definición de obras y políticas públicas.

Después de mas de 20años, la idea suena bien. Demasiado bien, incluso. Porque en un país —y en ciudades como Fernández— donde la política ha hecho de las promesas participativas un recurso de campaña casi rutinario, el escepticismo no solo es lógico, sino necesario.

¿De verdad se está hablando de ceder poder real a la gente? ¿O estamos ante una nueva versión de un discurso que seduce en campaña pero se diluye en la gestión?

La historia reciente no ayuda. Sobran ejemplos de consultas que nunca se concretaron, de mesas de diálogo que no pasaron de la foto, y de decisiones que siguieron tomándose entre pocos, lejos de la comunidad que dicen representar.

Lo que se plantea ahora implica algo mucho más profundo que una buena intención: supone cambiar la lógica misma del poder. Y eso, en política, no suele suceder sin resistencia.

Porque gobernar con participación real no es convocar a reuniones. Es aceptar que el vecino decida, incluso cuando no coincide con la dirigencia. Es abrir el juego de verdad, no solo cuando conviene. Es, en definitiva, resignar control. Y esa es una línea que pocos están dispuestos a cruzar.

El encuentro, con buena presencia de público y diversidad de sectores, también dejó en evidencia otra cuestión: el hartazgo. Hay una demanda clara de renovación, de caras nuevas y, sobre todo, de prácticas distintas. La participación de jóvenes y vecinos no alineados con estructuras tradicionales marca un clima que la política no puede ignorar.

Pero cuidado: el desencanto crece en la misma medida en que las expectativas son defraudadas. Prometer protagonismo ciudadano sin estar dispuesto a sostenerlo puede ser aún más dañino que no prometer nada.

Fernández no necesita más discursos atractivos. Necesita hechos. Necesita dirigentes que no solo hablen de la gente, sino que gobiernen con ella, aun cuando eso implique perder margen de maniobra.

La propuesta está planteada. Ahora la pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿se trata de una convicción real o de una estrategia electoral más?

Porque en definitiva, la política local ya no está siendo evaluada por lo que dice, sino por lo que cumple. Y en ese terreno, las palabras —por sí solas— ya no alcanzan.

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